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El mismo cuento de cada elección.

ANDREAHace doce años visité una localidad rural en un estado del sur del país, un tanto alejada de lo que podríamos llamar civilización, con el propósito de cumplir una ruta de trabajo, el grupo lo conformábamos cuatro personas. Además, nos acompañaba un guía asignado en la cabecera municipal al enterarse que nos dirigíamos por primera vez a dicho lugar. Se llamaba Jesús, levemente pasaba de los veinte años y tenía un gran sentido del humor, no sabíamos que era traductor hasta que nos informó que, en la localidad, los habitantes sólo hablaban maya y que pocas veces eran visitados.

Lo que a nuestro parecer sería una situación emocionante, dejó de parecerlo cuando llegamos a nuestro destino y las personas comenzaron a rodearnos, nos preocupamos cuando vimos una actitud un tanto negativa, como si nuestra visita les incomodara; Jesús trataba de hablar con ellos, pero casi no le dejaban. Hablaban todos al mismo tiempo y nosotros no entendíamos nada. Yo iba a cargo por eso intentaba que Jesús me explicara pero únicamente me decía que lo esperara que todo estaba bien. Su actitud nerviosa me decía otra cosa.

Una niña se acercó a mí sin hablar, me miraba fija y tiernamente, tocaba mi mochila, sonreía. Yo seguía atenta a lo que pasaba con los adultos y Jesús, cuando me jaló el gafete que traía colgando del cuello con un cordón y ansiosa comenzó a hablar con la mujer que percibí era su mamá. Entonces las dos parecían tratar de apoyar a Jesús en lo que ya se había tornado en una especie de discusión con los demás habitantes. Unos momentos después todo se calmó.

El antecedente era que años atrás, una persona los visitó con una propuesta, pediría al gobierno ayuda para solucionarles un problema, el piso de tierra dentro de sus casitas. Muy entusiasmados todos en la comunidad lo escucharon y apoyaron con todo lo que les pedía, en realidad tenían poco o nada que darle. Al paso de unos meses, regresó con la novedad de que había encontrado alguien que de verdad tenía el acceso a los programas para ayudarles, se trataba de un candidato en campaña, que les prometía llevar un programa de gobierno que mejorara su vivienda si votaban por él. Así fue electo presidente municipal y así consiguieron el piso de cemento en sus viviendas.

Un año después llegó el ejército a romper el piso de todas las casas de la localidad, sin más explicación que decir que el material con el que se construyó el piso era dañino para la salud y no contaba con las correspondientes normas de calidad.

Regresó la persona que les presentó al candidato la primera vez, para decirles que no se preocuparan, buscaría el modo de “solucionar el problema”; meses pasaron, sin saber de él, hasta que volvió para notificarles que no sería tan fácil y que debían esperar, porque la situación era muy complicada para él sólo.

Poco antes de las siguientes elecciones de presidentes municipales, se presentó una mujer con un candidato, diciendo que conocía de su situación y que ellos les ayudarían a “solucionar el problema”, pero necesitaban que votaran por el candidato, para poder tener acceso a los programas de gobierno que les permitieran arreglar sus pisos. Y por segunda ocasión tuvieron presidente municipal y piso de cemento en sus casas.

Un año después llegó el ejército a romper el piso de todas las casas de la localidad, sin más explicación que decir que el material con el que se construyó el piso era dañino para la salud y no contaba con las correspondientes normas de calidad…

Cuando nuevamente alguien se presentó para decirles que “sabía de su situación y les tenía una propuesta”, los habitantes le dijeron que se fuera, se organizaron para que nadie se volviera a acercar a perturbarlos.

El rechazo hacia nosotros se debía a nuestros gafetes, eran de tamaño enorme media carta, lo que permitía distinguir claramente los colores del escudo de la institución que nos enviaba, al ser nacional usaba los colores de nuestra bandera. Ellos no sabían leer por eso sólo se fijaron en los colores… eran los mismos colores del partido político al que pertenecían los candidatos que los habían visitado antes.

Afortunadamente la niña que miró mi gafete leyó en él la descripción de la institución y observó que no se parecía al nombre del partido político. Era de estatura bajita pero ya tenía once años y había aprendido a leer y comprender el español con una maestra de otra comunidad, desde un año antes a mi llegada. Entre ella y Jesús nos platicaron la historia a mis compañeros y a mí, nunca olvidaré la imagen de los grandes trozos de roca dentro de sus casas que por el tamaño eran complicados de sacar, muy parecido a mi sentimiento de impotencia ante esa situación.

Esto es difícil de explicar, pero ahí aprendí dos cosas: el peor enemigo de un gobierno corrupto es la organización del pueblo y la mejor arma de un pueblo cansado de un gobierno que los arruina es la educación. Pienso en eso todos los días y en cada época de elecciones tengo la esperanza de que mi país unido le diga ¡YA BASTA! a aquellos que prometen “solucionar el problema”.

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